Balance del 3 de octubre

Gracias a todas las personas que se movilizaron el 3 de octubre. Aquí tienes, país por país, los relatos, discursos y fotos de la jornada.

Francia

Relato de la manifestación «Stop pesticidas» del 3 de octubre: 15 000 personas, campesinas, campesinos y víctimas unidas para bloquear Syngenta

Traducido del francés.

Este sábado 3 de octubre en Gaillon, en el departamento de Eure, cerca de 15 000 personas y más de una veintena de tractores se pusieron en marcha a las 15 horas en dirección a la fábrica de pesticidas de Syngenta en Saint-Pierre-la-Garenne y a la planta vecina de Nufarm, convocadas por Cancer Colère, la Confédération paysanne, el Colectivo de Apoyo a las Víctimas de Pesticidas del Oeste (CSVPO) y Les Soulèvements de la terre, con el respaldo de más de cincuenta organizaciones sindicales, campesinas y ecologistas.

Las intervenciones en la rotonda

A pesar de la autorización para manifestarse que la prefectura acabó concediendo, y de la negativa de las organizaciones convocantes a dejarse imponer un recorrido lejos de la planta, las y los manifestantes tuvieron que enfrentarse a numerosos controles en la estación y en las carreteras. Pero poco a poco la gran rotonda a la salida de Gaillon queda desbordada por la multitud y se transforma en un ágora rebosante de mensajes. En el centro, un tractor ha instalado su plataforma agrícola. Campesinas, campesinos y personas enfermas por los pesticidas, apretados unos contra otros, van tomando allí la palabra uno tras otro. Lo que sorprende entonces, como pocas veces, durante más de una hora, es la escucha silenciosa de miles de personas, salpicada regularmente por grandes gritos colectivos de rabia y de ánimo.

Tras un primer mensaje de apoyo a las y los estudiantes de secundaria del país en revuelta y un llamamiento a unirse a ellas y ellos en los bloqueos con tractores, Fanny Métrat, portavoz de la Confédération paysanne y ganadera de Ardèche, arremete con furia contra el modelo agroindustrial: «Destroza los suelos, destroza la vida, destroza el agua, pero también nuestros saberes y nuestra autonomía. Si queremos seguir produciendo, alimentándonos, simplemente vivir mañana, la convergencia va a tener que ser inmensa.»

Denis, del Colectivo de Apoyo a las Víctimas de Pesticidas del Oeste, que acompaña a agricultores en el reconocimiento de sus enfermedades profesionales, es de los que llaman a desertar de la agroquímica: «Me siento culpable al venir a hablaros, porque soy fruticultor y he echado pesticidas, pero me digo que hay que denunciarlo y que sería peor quedarse callado.»

Laure, florista y madre de una niña muerta de leucemia, acusa: «Me dirijo a ti, Syngenta: has destruido nuestras vidas y nuestras familias, dejas víctimas y enfermos a montones. Nos robaste a nuestra pequeña Emmy, 11 años y ya en el paraíso. Tantos niños que ya están en el cielo, y ni un solo compromiso de nuestro presidente para evitar estos envenenamientos. Todo lo contrario, la consigna es: no seamos demasiado exigentes. Intentar hacernos callar, eso sí sabes hacerlo. Pero no lo has entendido: ahora estamos unidos, y mañana serás tú quien tenga los días contados, y ya no nuestras familias. Paso a paso sobreviviremos, como ya lo hacemos, pero tú, Syngenta, te hundirás.»

Théo, 19 años, víctima desde su nacimiento de graves malformaciones vinculadas a los pesticidas, toma la palabra con la voz ronca de quienes han sufrido una traqueotomía. La multitud enmudece, concentrada en cada palabra pronunciada con una fuerza que nadie olvidará: «Las instituciones no nos escuchan. Han roto mi voz, pero no podrán romper todas nuestras voces.» Las lágrimas corren por muchos rostros. A esa emoción se suman la rabia y la alegría de estar juntas y juntos a pocos kilómetros de la fábrica culpable, cerrada gracias a la movilización.

Fleur, de Cancer Colère, insiste: «Hemos agotado todos los recursos. Nos piden que aceptemos la enfermedad sin rechistar y nunca se habla de las causas ambientales. Pero nuestra rabia es sana, es legítima. Nuestros cuerpos están enfermos. Ya no tenemos elección. Estamos aquí porque tenemos unas ganas enormes de vivir.» Destaca que, para muchas de las personas presentes en la rotonda, es su primera manifestación. Su compañera Caroline nombra a quienes no han podido venir porque su enfermedad es demasiado fuerte o porque murieron antes del 3 de octubre.

A su lado, Matilin estalla: «Y a nosotros, los enfermos, nos quieren hacer creer que son las campesinas y los campesinos los responsables de nuestra enfermedad. Basta ya de reírse en nuestra cara. Hay que romper esa supuesta oposición entre una sociedad civil víctima y unos agricultores y agricultoras culpables. Todo eso es un relato que impulsa una burguesía agrícola que tiene mucho menos que ver con nosotros que con el complejo agroindustrial y con un gobierno culpable. Hoy los bloqueamos, pero tendremos que volver a desarmarlos: hay que impedir que sigan haciendo daño.»

Loan, de Les Soulèvements de la terre, denuncia el colonialismo químico en las Antillas, en América del Sur, en la India o en África. Habla del uso de los pesticidas como arma imperialista y colonial, históricamente en Vietnam, o actualmente en Palestina y en el Líbano. Enumera el conjunto de acciones que se están llevando a cabo en paralelo contra Syngenta en una decena de países, entre ellos Argentina, Kenia, Suiza, Pakistán, Hawái e Indonesia, así como los comunicados de apoyo de las compañeras y compañeros de Agrimouv en el Líbano y del Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra (MST) en Brasil. Y Nahia concluye recordando que no conseguiremos nada de estas industrias criminales sin una serie de acciones directas.

Una fábrica parada

Es la primera vez en Francia que campesinas, campesinos y víctimas de los pesticidas se unen en tan gran número para converger hacia un centro importante de la industria de los pesticidas con el objetivo de bloquear su producción. Y ese bloqueo ya lo han conseguido el anuncio de la movilización y el miedo que ha despertado en nuestros adversarios, aunque sea solo de forma demasiado temporal. Sabemos, en efecto, que desde hace varios días la planta de Syngenta, que normalmente fabrica sus venenos 7 días a la semana y 24 horas al día, está cerrada. Fuentes internas nos han confirmado que la producción está detenida y que desde hacía semanas la tensión iba en aumento para la dirección. Se vaciaron depósitos y existencias de la fábrica, se desmontaron sus escaleras exteriores y a la plantilla se la mandó de vacaciones pagadas. Sabemos que su actividad no se reanudará antes de mediados de la semana que viene.

La marcha

La manifestación que arranca en dirección a Syngenta es exuberante. En cabeza, una gran pancarta, «Syngenta siembra la muerte y cosecha la rabia», y luego tractores cubiertos de mensajes multicolores: «Autodefensa campesina», «El campesinado contra la agroquímica» o también «De la agricultura queremos vivir, no morir». Les siguen cientos de personas enfermas y profesionales sanitarios en un bloque animado por Cancer Colère. Enarbolan estandartes con sus nombres o los de sus seres queridos afectados por cánceres, para denunciar las causas sistémicas y la responsabilidad de los industriales del sector.

Un bloque decolonial encarna la dimensión internacionalista de la movilización y la lucha por la liberación de Palestina. Adama Agriculture Solutions, filial de Syngenta Group, trabaja en efecto con empresas de armamento cercanas al ejército israelí y participa en el genocidio en curso mediante su suministro de pesticidas utilizados en el conflicto en Palestina y en el Líbano. Hay delegaciones internacionales de campesinas y campesinos de La Vía Campesina. Habitantes de Normandía, pero también de muchas otras regiones del país, cuyos puntos de captación de agua, tierras y salud están intoxicados por Syngenta, engrosan la manifestación. Seis charangas de lucha, Planète Boum Boum, compañeras y compañeros de la escena free party normanda o de la ZAD de Notre-Dame-des-Landes unieron sus talentos y sus equipos de sonido para animar la marcha.

Al otro lado del Sena, vigilado por las lanchas neumáticas de la policía fluvial, unos kayaks se acercan a la fábrica con una pancarta flotante en la que se lee «Syngenta ahoga el veneno». La empresa se empeña en no tener en cuenta los resultados de los análisis que demuestran que el agua está contaminada por sus vertidos. A lo largo del recorrido, vecinas y vecinos salen a la calle y expresan su apoyo: sus acuíferos están contaminados, hay seres queridos enfermos y los casos de cáncer se disparan en el vecindario.

El cementerio de la salud pública

La manifestación, con más de 10 000 personas, se extiende hasta que, tres kilómetros después de la salida, allá abajo, la planta de Syngenta y sus torres amarillas aparecen ante los ojos de quienes participan. Ya solo está a unos cientos de metros, detrás de la vía del tren, custodiada por líneas de gendarmes apostados en los campos. La cabeza de la marcha se detiene entonces frente a la planta, en una gran parcela agrícola junto a la carretera ante la cual se alinean los tractores. La prefectura ha designado ese campo como el comienzo de su «zona roja», en la que no quiere que entremos. Sin embargo, cientos de personas bajan a él, con una pancarta que dice «Sus químicos, nuestras quimios». Atan entonces a grandes estacas los estandartes con sus nombres o los de sus seres queridos afectados por la enfermedad y los van clavando uno a uno en el campo.

Es el momento que eligen los antidisturbios (gendarmes móviles) para regar el campo de gases lacrimógenos y granadas GM2L, con el pretexto de que una veintena de personas se habían acercado un poco demasiado. Eran nuestros propios «gendarmes»: manifestantes equipadas y equipados con escudos de cartón fluorescente con los colores de los gendarmes, los insectos. Bajo los gases, una parte de la marcha da por desgracia media vuelta antes de llegar frente a la planta. Pero a pesar de los llantos y de las dificultades para respirar, muchas de las personas enfermas presentes resisten junto a quienes las rodean y se quedan con valentía para levantar este cementerio de la salud pública y de la agroquímica.

En cuanto el aire vuelve a ser respirable, empieza un ritual. Una compañera toma el micrófono y lee uno a uno los nombres de las personas enfermas o fallecidas que componen el «cementerio de la salud pública», su edad y su enfermedad. La multitud responde alternando los gritos de «¡Cáncer!» y «¡Rabia!». La emoción es tan fuerte que tiene que ceder su lugar a otro compañero, que continúa la lectura mientras la manifestación sigue llegando. Este anuncia: «Nos negamos a que los directivos de Nufarm y Syngenta vuelvan como si nada hubiera pasado. Queremos que ya no puedan apartar la mirada de los estragos de los que son responsables. Vamos a hacer que se les caiga la cara de vergüenza, a ellos y a los políticos que los protegen, a todos los aliados del cáncer, todo el tiempo que haga falta.»

La fiesta campesina frente a Syngenta

Mientras tanto, al otro lado de la carretera, en la parcela contigua que la multitud va llenando poco a poco, de repente salen infraestructuras de los remolques agrícolas y de los camiones. En unas decenas de minutos se levanta un campamento con dos escenarios, barras, baños, cisternas de agua… Entonces se hace un anuncio colectivo por el micrófono: «La agroquímica es una mafia y el Estado francés es su servidor más celoso. Desde hace semanas, las autoridades públicas han multiplicado las presiones para que esta manifestación no pudiera celebrarse en buenas condiciones. Quisieron mandarnos lejos, a manifestarnos al otro lado del Sena. También hicieron todo lo posible para privarnos de un terreno de acogida. Los municipios y las campesinas y campesinos de los alrededores que estaban dispuestos, en solidaridad, a prestarnos parcelas para acoger la fiesta y para que acamparan las y los manifestantes recibieron graves amenazas de la gendarmería y prohibiciones.

¡Así que, colectivamente, hemos decidido quedarnos a celebrar la fiesta campesina, frente a Syngenta, frente a nuestros verdugos! ¡Porque instalarnos donde no nos quieren es el lugar justo para expresar nuestra rabia y nuestra determinación! ¡Porque tenemos unas ganas furiosas de vivir! Porque frente a la enfermedad y a la muerte, nuestras alegrías, nuestras fiestas y nuestros bailes son vitales. Nos hacen más fuertes que quienes prosperan con la muerte, la destrucción del mundo campesino y la enfermedad. Lo que dice esta fiesta libre es la necesidad de bloquear y de asediar los centros de producción de pesticidas.» Sobre la plataforma agrícola en el centro del campo, Yoa lanza entonces las primeras notas de «Mes copines» y enciende al instante a la multitud, que se convierte en una enorme pista de baile abarrotada.

Tras este primer concierto, Vincent, secretario nacional de SUD Chimie, sube solo al escenario free party y se dirige con valentía a los miles de personas todavía presentes. En noviembre invadimos por sorpresa y paramos la fábrica en la que él trabaja a turnos rotativos de 3×8. Desde entonces se han estrechado los lazos con varios de sus compañeros trabajadores del sector agroquímico, que escribieron un llamamiento a sumarse a la manifestación del 3 de octubre titulado «Nuestras vidas valen mucho más que sus beneficios». Cuenta cómo están en primera línea de las intoxicaciones en sus lugares de trabajo y hasta qué punto «la industria química es asquerosa». Habla de las luchas contra sus jefes, de sus dificultades y de su determinación para imaginar la reconversión de la actividad de sus plantas. Y somos muchas y muchos quienes pensamos que lo que está en juego con su presencia tiene una importancia política crucial.

Mientras el sol se pone en un gran jaspeado rosa, el prefecto, duramente criticado en las redes sociales por haber rociado deliberadamente de gas la instalación del cementerio frente a Syngenta, se pone furioso porque la fiesta continúa frente a la planta. Decide recurrir a todos los medios para ponerle fin: amenaza de incautación de los tractores y de los equipos de sonido en el marco de la nueva ley «riposte» contra las free parties, conminación anunciada desde un helicóptero, llegada de un cañón de agua y de un montón de furgones a las inmediaciones del campo. Una compañera que asiste por casualidad a las instrucciones del coronel de la gendarmería le oye soltar a sus hombres: «No hay que dudar ni un segundo en usar lacrimógenos y GM2L.» Decidimos, justo antes de que lancen la carga, volver a poner la fiesta en movimiento y seguir juntas y juntos.

Un largo convoy nocturno bailando, iluminado por los faros de los tractores, vuelve en dirección a Gaillon, seguido por una larga fila de furgones de gendarmes. Eso no le impide darlo todo bailando durante dos horas con la electroacústica de tubos de Bass Tong y un muro de sonido tekno. De vuelta al punto de partida frente al Auchan, se da cita en el campamento, a 40 km de allí, donde a medianoche se vuelve a montar un escenario bajo una carpa para un concierto de hip-hop brutal con Dr Kyle y una fiesta improvisada hasta el final de la noche.

Y ahora

Esta jornada de movilización masiva y convocada públicamente fue una nueva etapa en una campaña de acción que busca ocupar, bloquear y desarmar los centros de producción de pesticidas del país. Llegó tras la irrupción por sorpresa, en noviembre, de quinientas campesinas, campesinos y personas enfermas en la planta de BASF de Saint-Aubin-lès-Elbeuf, a 40 km de allí, para pararla, o en una planta de Phyteurop cerca de Angers con tractores. Fue también la primera respuesta popular en Francia tras la aprobación veraniega de la ley de emergencia agrícola, y en un momento en que la ley ómnibus prevé facilitar que numerosos pesticidas se mantengan en el mercado a escala europea. Esta campaña continúa y la coordinación del 3 de octubre llama a la gente del país a seguir bloqueando, ocupando y desarmando las plantas de pesticidas presentes en su región, anunciándolo públicamente o por sorpresa. El mapa de estas plantas está disponible en la web de Les Soulèvements de la terre.

Este 3 de octubre marcó también un impulso coordinado de protesta internacional contra Syngenta, cuyas actividades tienen consecuencias devastadoras en muchos países: exportación de pesticidas cuyo uso está prohibido en la Unión Europea, dependencia de semillas recubiertas químicamente, transgénicos… Syngenta destaca por sus estragos tóxicos. A raíz del llamamiento de Gaillon, se llevaron a cabo acciones simultáneas, en particular en Pakistán, Suiza, Costa Rica, Inglaterra, Argentina, Estados Unidos, Suecia, Austria y Brasil. En su respuesta a este movimiento mundial, Syngenta tuvo la desfachatez de afirmar que apoya a «los agricultores» y también «la biodiversidad», que sus actividades hacen desaparecer día tras día. La neolengua de las multinacionales, que hace tiempo que convirtió la mentira en norma de comunicación, podría dar risa si no fuera la lengua de un poder tan realmente destructor. Ya ha durado demasiado.

Una colecta para apoyar el 3 de octubre y las próximas movilizaciones contra los pesticidas: todas las infraestructuras que hacen posibles estas manifestaciones y los campamentos que las acogen, el traslado de los tractores o la impresión de octavillas y carteles suponen gastos importantes. Somos un movimiento que defiende su autonomía y que, de todos modos, nunca recibirá ninguna subvención para este tipo de movilizaciones. Así que conseguimos organizarlas gracias a vuestro apoyo económico. Se ha puesto en marcha una colecta para la manifestación del 3 de octubre, la continuación de la campaña de acción contra las industrias de los pesticidas y el recurso de casación en el escándalo de la clordecona. ¡Gracias por vuestra contribución para que podamos seguir con vosotras y vosotros estas luchas!

Suiza

Monthey: casi 300 personas frente a Syngenta para decir «¡Syngenta debe pagar!»

Traducido del francés.

El sábado 3 de octubre, con motivo de la jornada internacional de acción contra Syngenta, casi 300 personas se manifestaron en Monthey (Valais), desde la estación de tren hasta la planta química de Syngenta, el mismo día que la gran movilización de Gaillon, en Francia.

Salida desde la estación

La cita era a las 14 h frente a la estación de Monthey, para una manifestación alegre y decidida, con música. La marcha reunió a organizaciones campesinas, ecologistas y ciudadanas: Uniterre, Public Eye, BreakFree Suisse, el CETIM, Against Syngenta, Les Soulèvements de la terre Genève, Les Vagues de la révolte, Ensemble à Gauche, la asociación Chablair y los Verdes del Chablais valdense y valesano.

La marcha

Al grito de «¡Basta de impunidad, Syngenta debe pagar!», detrás de las pancartas «Pesticidas ni aquí ni en ningún sitio» y «Syngenta: quien contamina, paga», las y los manifestantes atravesaron la ciudad hasta la fábrica.

Martine Gerber, agricultora ecológica, miembro del comité de Uniterre y diputada verde en el Gran Consejo de Vaud, explicó por qué estaba allí: «Si hoy me manifiesto aquí, es porque Syngenta y yo somos vecinas. Como agricultora, miembro del comité de Uniterre y diputada verde, no quiero un vecino que contamina, que mata, ¡ni en el Chablais ni en ningún otro sitio!»

Frente a la planta de Syngenta

Ante la fábrica, las y los manifestantes presentaron sus reivindicaciones: que Syngenta publique la lista completa de las sustancias y productos fabricados en la planta; que deje de producir para la exportación sustancias prohibidas en Suiza; que repare los daños según el principio de «quien contamina, paga»; que deje de obstaculizar el derecho de los municipios a la información y a proteger su agua potable; y que el Consejo de Estado de Valais indemnice a los municipios por los costes de descontaminación del agua.

¿Por qué Monthey?

En septiembre de 2025 se anunció la presencia de 1,2,4-triazol en el agua potable procedente del lago Lemán, en concentraciones de hasta siete veces el valor límite federal. Las investigaciones atribuyeron la fuente principal de esta contaminación a los vertidos de la planta de Monthey, donde Syngenta produce sus nuevas sustancias químicas. Más de 60 toneladas de triazol se han vertido al Ródano, contaminando el agua potable de un millón de personas alrededor del Lemán, en los cantones de Vaud y Ginebra y en la vecina Francia.

Mientras la población paga la descontaminación con sus impuestos, Syngenta multiplica los recursos judiciales para impedir que los municipios accedan a la información sobre la contaminación. Es esta impunidad la que vino a denunciar la jornada del 3 de octubre, en Suiza como en una decena de países más.